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El
sector extractivo es una de las actividades económicas
en expansión para algunos países de la CE, especialmente
en lo que se refiere a las calizas para la fabricación
de cemento.
Esto
determina que las superficies explotadas se incrementen y
presenten afectaciones más rigurosas. Las actuaciones
de restauración posteriores a la extracción
de los recursos mineros se vienen desarrollando habitualmente
desde hace unos 15 años, reguladas por normativas nacionales
y/o autonómicas. Según estudios preliminares,
estas actuaciones pueden ser muy diversas en intensidad y
características y muestran resultados finales variables.
Aunque
el sector extractivo viene incorporando sistemas de control
de calidad en sus procesos, son pocas las empresas que han
optado a certificaciones medioambientales.
En
el ámbito de la restauración ecológica,
estos hábitos son inexistentes y la misma falta de
planteamientos de calidad en todo el proceso de la restauración
conlleva a repetir actuaciones poco rentables y/o de difícil
reproductividad. Uno de los motivos de no incorporar sistemas
de control medioambiental para los procesos de restauración
ecológica es la falta de definición de los resultados
finales mínimos.
Hasta
la fecha, se han priorizado los aspectos paisajísticos
que aceptan como válidas las primeras fases de revegetación
y que determinan únicamente la naturalización
de las zonas sin vegetación generadas durante la extracción,
aceptando como premisa que el tiempo determinará evoluciones
hacia los sistemas deseados. Aspectos como la diversidad del
ecosistema o la calidad de la vegetación resultante
no han sido hasta la fecha motivo de control intensivo.
Estudios
recientes muestran que existen zonas restauradas que pueden
mantenerse sin cambios durante largos periodos de tiempo,
determinando estructuras y composiciones vegetales y globales
muy distintas a las naturales afectadas en los procesos extractivos.
Esto plantea nuevos enfoques en la planificación y
la gestión de la restauración.
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